El formato de 48 selecciones del Mundial 2026 a debate
Columna · Vicente Arroba

“Un Mundial de 48: más fútbol no siempre es mejor fútbol”

El formato ampliado trae 104 partidos y nuevas historias, pero también dilución de la élite. ¿Vale la pena? Mi lectura del torneo más grande de la historia.

Lo confieso de entrada, para que no haya equívocos: me encanta el fútbol y me cuesta mucho oponerme a que haya más. Pero llevo semanas mirando el dibujo de este Mundial de 48 selecciones, con sus 104 partidos repartidos en tres países, y la pregunta no se me va de la cabeza. ¿Estamos sumando fútbol o estamos diluyéndolo? Porque no son lo mismo, y la diferencia entre ambas cosas define qué clase de torneo vamos a ver.

El argumento de la FIFA es noble y tiene su parte de razón. Más cupos significan más banderas en la fiesta, más debutantes, más países que por primera vez sienten que el Mundial también es suyo. Hay un valor democrático en eso que sería deshonesto ignorar: cada selección que llega por primera vez arrastra a millones de personas a una conversación de la que antes estaban excluidas. La inclusión no es un eslogan, es una realidad emocional para naciones enteras.

El problema no es quién entra, es qué partido se juega

Mi reparo no está en la lista de invitados, sino en la mesa. Ampliar a 48 obliga a estirar la primera fase, y una primera fase más larga es, casi por aritmética, una primera fase con más partidos de trámite. El choque entre una potencia y una selección que vino a no hacer el ridículo rara vez produce los noventa minutos que uno recuerda diez años después. Y cuando esos cruces se multiplican, el riesgo es que la élite quede diluida en un mar de encuentros tibios, esperando que el torneo de verdad empiece recién en los cruces.

“Más selecciones no es lo mismo que más fútbol; a veces es apenas más calendario.”

Vicente Arroba

Está, además, el costo físico. El nuevo formato suma una ronda —los dieciseisavos— y obliga al campeón a ganar ocho partidos en lugar de siete, en pleno verano boreal, cruzando husos horarios y climas. No es un detalle menor: el deporte de élite ya vive al límite de lo que el cuerpo humano tolera, y este Mundial empuja un poco más esa frontera. La pregunta incómoda es si el espectáculo de las instancias decisivas no terminará pagando, con piernas cansadas, lo que se ganó en cantidad durante las primeras semanas.

Una apuesta que conviene mirar con honestidad

No vengo a profetizar el fracaso. Es perfectamente posible que el formato sorprenda, que aparezcan cenicientas que nos regalen las historias que justifican todo, que el dieciseisavo se convierta en una ronda de partidos eléctricos. El fútbol tiene la costumbre de desmentir a los agoreros, y yo estaré feliz de equivocarme.

Pero la prudencia obliga a no comprar el discurso entero sin leer la letra chica. Más fútbol no siempre es mejor fútbol. A veces es solo más fútbol, y la diferencia se mide en el sofá, hacia la tercera semana, cuando uno se descubre mirando un partido que no le emociona porque toca. El tiempo, y solo el tiempo, dirá de qué lado cayó esta apuesta. Yo lo miraré con esperanza y con el lápiz afilado.

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